Al caminar por el extraño hotel no podía dejar de pensar en lo extraño del hecho de que alquilaran habitaciones en un caserón viejo que era a la vez la puerta de un cementerio, y de uno militar, con el viejo capellán que, entre su alopecia y su mirada vacía de sentimientos, era más reconfortante que la oscura expresión del casero, quien respondió con un seco monosílabo cuando le preguntó si había habitaciones disponibles. ¿Le había dicho sí o no? No importaba. Es más, ¿por qué estaba preguntando si había habitaciones en aquel lugar espeluznante, pero al mismo tiempo tan atrayente.
Destellos
de luz estaban al otro lado del portal, con rótulos de diferentes restaurantes,
y trató de identificar alguno, pero fue en vano, estaban escritos en algún
idioma que parecía español, pero no se parecía a nada. Solo eran rótulos. Parpadeó.
Un gran cortejo estaba cubriendo la entrada, con una carroza fúnebre demasiado
antigua y una muchedumbre que filtraban la luz de los rótulos de afuera.
El cortejo
seguía pasando, y pasando, y parecía que nunca terminaría de pasar por ese
portal. Arriba, desde una ventana de la habitación sobre el dintel, una señora delgada,
con un peinado que parecía muy a la época la vio por un minuto y sonrió con sus
ojos, solo un momento, para seguir viendo ese interminable cortejo.
Fue
demasiado tiempo, fue una eternidad. Consiguió apenas pasar entre las personas,
y cada una estaba fría, fría como si vinieran directamente de una cámara de
congelados. Consiguió pasar y estaba ahora frente a los rótulos. ¿En qué idioma
estaban escritos?
—Bienvenida. Pase adelante.
La misma señora de la ventana, ahora vestida elegantemente,
como anfitriona, con una mirada menos perturbadora… casi… amable.
Se sentó y pidió algo, pero en el momento de pedir ya
lo había olvidado.
En el
sillón del frente se sentó alguien exactamente igual, con su rostro, con su misma
mirada, pero, comenzó a hablar, con total seguridad.
¿Sabes
si estás viendo la realidad? O, siquiera si existe (s). Pocos ven la realidad.
Alguien
la ha diseñado y el cómo es, cómo la piensas, lo que crees, temes, amas… no es
tuyo. Intuyes, pero no lo haces:
—La vida es plena, es…
—plena la rutina de las normas, del deseo encerrado en la vergüenza sucia.
—¡Eso es privado!
—¿Qué amarra a tu sexo y hace la rutina tan
placentera?
—Yo tengo libertad.
—¿Qué amarra a tu vida y hace la rutina tan
placentera? D i l o:
— (…)
—¡D i l o!
— (…) …soñar es tan hermoso y rompe todo, es tuyo, es lo que quieres y
puedes disfrutar sin miedo a nadie a la nada o a todos.
Ahora
la niebla diluye los encuadres, las mentes y las voces están al mismo tiempo y
al mismo tiempo no están en ningún lugar.
—¡y allí se diluyen en la niebla y el caos!
—Qué delicia.
Ahora
patetizan largamente los que apenas distinguen un día de otro, y se culpan entre
sí como los culpables de un delito que se encuentran reos inocentes en su
propia prisión. Se lamentan con caras inexpresivas y muertes lentas,
prolongadas en siglos escondidos en segundos ansiosos por liberar el poder que
tienen cada uno de ellos, y que se libera en esos instantes en que el cerebro
dormido les permite estar despiertos realmente y ser los amos absolutos, aunque,
al despertar sea más conveniente sentenciarlos a la muerte del olvido, mientras
viven sus agónicas muertes disfrazadas de rutina.
Despertar.
Las risas, las caras que ves y te dan alegría, la satisfacción de que todos
están bien, de que estás bien. El miedo, el dulce miedo como miel en la boca,
escurriendo y manchando todo, con una ansiedad, ideas que no se van, y se pegan
hasta que, inconscientemente, en los sueños, ceden el control: disfrutan cada
noche, en relajación total de todo su ser y sentidos. Libres las neuronas, las
hormonas, las conciencias. Fluyen y se gozan en cada célula que goza de la
realidad, pero… la luz hace una grieta y un sonido viene de lejos irrumpiendo,
reclamando algo que no le pertenece. Despertar.
La realidad
colapsa en sí misma al abrir los ojos. Vuelve a cerrarlos, pero ya es tarde.
—¿Tuviste una pesadilla, amor?
—Fue algo muy bueno, pero no lo tengo claro.
—Me ocultas algo.
<<No tengo tiempo para problemas>>.
Es mejor despertar, ducharse, desayunar, si da tiempo… La ducha fría termina de anegar cualquier recuerdo. Despiertan. <<Ojalá pudiera recordarlo>>.
La fila
es interminable, una persona por cada cajita con ruedas, omnipotente con su
bocina inútil.
<<Al menos no voy en colectivo, pero quisiera
no haber despertado, ¿qué era lo que soñaba?>>.
Dos horas después y un café caro permite no dormirse
en el trabajo, porque hay que trabajar, y hablar de algo, aunque sea de los
demás, porque no se vayan a enojar. Es mejor no polemizar.
La noche llega, con la noche el regreso a casa y la
televisión, con cinco plataformas y doscientos canales no consiguen ponerse de
acuerdo sobre lo que debería estar pensando.
—Se me durmió el cerebro. Eso es extraño.
—¿Qué?
—En el trabajo, en una reunión, me fui, y me di
cuenta de que todos me miraban, y no sabía de lo que estaban hablando.
—Eso no está bien. Hay pastillas para dormir.
—No me gustan, no me dejan soñar.
—Hay que trabajar.
—Sí, tienes razón.
<<Y, ¿quién sueña a colores? No, no tiene razón, pero mejor no
seguirle… ¿qué era lo que estaba soñando?>>
Ciclos.
Renovándose.
Conectados.
Acaso
están en el anterior o en el siguiente, pero seguro no están en el presente. El
mayor robo ocurrió y sigue ocurriendo, antinatural, sistémico.
<<¿Por qué estamos dormidos (o sedados)?>>
—Duerme, quiero verte allá.
La casa de la abuela, con su fogón encendido y las
velas de cebo, que ágilmente esquivaban los peces. En su lugar, estoico, fuerte
sólido y viéndola con esos ojos profundos el bisabuelo que le abrió la silla con
una mano y esas sillas sí pesaban no como las de ahora que no sirven para nada.
le pidió que le jalara el matamoscas porque la iguana estaba comiendo fruta y el
sapo se había ido a trabajar pero le dijo que iba a ver por qué la nena no
venía a comer y la vio corriendo detrás de los peces con una red y solo
capturaba a dos de los tres gatos
continuó caminando en el pasillo y la televisión
estaba encendida con voces que no entendía y nadie miraba solo la pequeña
televisión haciéndose más pequeña hasta que se redujo a catorce pulgadas y perdió
el color como antes y su bisabuelo ahora le pedía que pusiera el cinco y se vio
de cinco años levantándose para cambiar con esa perilla dura
su hija ahora estaba construyendo un castillo con
algodón de azúcar y separaba los palitos del algodón para hacer las torres y
los puentes y por primera vez estaba feliz y no le importaba que ahora una
iguana le estuviera comiendo a mordíditas los dedos de los pies, porque el agua
estaba fría y hacía calor y el blahggha blafuga bllahh gua del televisor causaba
que su bisabuelo se riera como un niño ahora solo porque su yo de cinco años se
había convertido en el tío Alberto y qué alegría era verlo tan sano no como lo
encontraron en el río por meterse con una mujer casada él se rio de otro y el río
se lo llevó para siempre, pero ahora estaban allí viendo a algún comediante que
parecía Cantinflas o Resortes pero podía ser Tin Tan por la forma de bailar
<<¿Quién es mi hija? No tengo una hija>>
sin tiempo
para reaccionar, la vio correr por el pasillo y no paraba, aunque intentaba
llamarla, no terminaba de llegar a una luz que se hacía pequeñita y su voz no
zalía, solo un zzzz sordo y largo y se cansó y paró
una voz
le dijo su nombre que sonaba a ajeno y vio a un maestro de música, a su maestro
de música que se había cansado del monótono tlac tlac de su teclado y decidió
darle una nota a cada tecla y no se limitó a las pocas que se le imponían sino
que al escribir la más monótona carta creaba la armonía más perfecta vio la
sala de la casa de la abuela ahora inmensa como un salón pero más alta y
cubierta en el piso con una fina capa de agua que ahora era tibia… y le dijo
que no era necesario grabar, porque había mucho por escribir y nuevas piezas
saldrían de aquella máquina Royal que ahora emitía la música porque la computadora
no le gustaba al maestro de música
y por
eso estaba en la playa, en el mar y el mar la acariciaba y un pescador mecía su
barquito se mecía en las aguas y el sol seguía curtiendo su piel sus manos y
pies brillaban y nada faltaría
tenía
hambre y le preguntó cómo volver, y le dijo que le preguntara a la mujer que
vendía serpientes enroscadas y la encontró regañando a sus hijos porque
saltaban sobre los techos de las casas
cuando
regresó ya estaban todos sentados, y sabía quiénes eran aunque los rostros se
hubieran borrado en su memoria, y la mesa cada vez que reconocía una voz era más
larga hasta que no pudo ver a nadie más <<hubiera
traído mis lentes, se lamentó>> —vos no te preocupés— le dijo un primo
que no miraba hace muchos años mirá qué bonitos los manteles manteles de flores y la mesa que
crecía hasta que no cabía en la casa entonces la casa era más grande y todos
estaban juntos porque todos vivían en la misma casa y cada uno en su habitación
y en su habitación comenzó a cerrar los ojos pero se hundió y no dejaba de caer
hasta que un sonido, como en la mañana se comenzó a colar. Cerró los ojos con
fuerza, no quería irse, pero el monótono sonido insistía y se terminó. Al
volver la mesa era larga, pero no tanto y nadie tenía rostro. Quien ocupaba el
lugar de su bisabuelo se levantó y una ventana abrió todo el comedor. Al salir
del encandilamiento estaba en su cama y trató de volver nuevamente, pero la
casa de la abuela estaba siendo consumida por una luz rojiza.
—Es tarde.
Cerró los ojos con todas sus fuerzas, hizo todo lo
que pudo, pero, como siempre, ya había desaparecido todo. Solo estaba su habitación,
su casa, su vida.
—Es tarde.
<<No lo es>>
Ese pensamiento estuvo en todo momento aquel día, y
sin concentrarse en nada “importante”, y nadie podría asegurar de que se
hubiera dado cuenta que estaba recibiendo una amonestación.
—No es tarde.
—¿Esta es tu respuesta?
Solo caminó.
—¿Escuchaste siquiera lo que te he dicho? ¡No puedes
irte!
—No es tarde aún.
Se vio en la puerta, y una sombra se concretó en su bisabuelo,
en la ventana abierta y solo atravesó el portal, dejando el peso cuando
extendía a la sombra un brazo al vacío.
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