martes, 20 de enero de 2026

No es tarde

 Al caminar por el extraño hotel no podía dejar de pensar en lo extraño del hecho de que alquilaran habitaciones en un caserón viejo que era a la vez la puerta de un cementerio, y de uno militar, con el viejo capellán que, entre su alopecia y su mirada vacía de sentimientos, era más reconfortante que la oscura expresión del casero, quien respondió con un seco monosílabo cuando le preguntó si había habitaciones disponibles. ¿Le había dicho sí o no? No importaba. Es más, ¿por qué estaba preguntando si había habitaciones en aquel lugar espeluznante, pero al mismo tiempo tan atrayente.

Destellos de luz estaban al otro lado del portal, con rótulos de diferentes restaurantes, y trató de identificar alguno, pero fue en vano, estaban escritos en algún idioma que parecía español, pero no se parecía a nada. Solo eran rótulos. Parpadeó. Un gran cortejo estaba cubriendo la entrada, con una carroza fúnebre demasiado antigua y una muchedumbre que filtraban la luz de los rótulos de afuera.

El cortejo seguía pasando, y pasando, y parecía que nunca terminaría de pasar por ese portal. Arriba, desde una ventana de la habitación sobre el dintel, una señora delgada, con un peinado que parecía muy a la época la vio por un minuto y sonrió con sus ojos, solo un momento, para seguir viendo ese interminable cortejo.

Fue demasiado tiempo, fue una eternidad. Consiguió apenas pasar entre las personas, y cada una estaba fría, fría como si vinieran directamente de una cámara de congelados. Consiguió pasar y estaba ahora frente a los rótulos. ¿En qué idioma estaban escritos?

—Bienvenida. Pase adelante.

La misma señora de la ventana, ahora vestida elegantemente, como anfitriona, con una mirada menos perturbadora… casi… amable.

Se sentó y pidió algo, pero en el momento de pedir ya lo había olvidado.

En el sillón del frente se sentó alguien exactamente igual, con su rostro, con su misma mirada, pero, comenzó a hablar, con total seguridad.

¿Sabes si estás viendo la realidad? O, siquiera si existe (s). Pocos ven la realidad.

Alguien la ha diseñado y el cómo es, cómo la piensas, lo que crees, temes, amas… no es tuyo. Intuyes, pero no lo haces:

La vida es plena, es…

plena la rutina de las normas, del deseo encerrado en la vergüenza sucia.

—¡Eso es privado!

—¿Qué amarra a tu sexo y hace la rutina tan placentera?

—Yo tengo libertad.

—¿Qué amarra a tu vida y hace la rutina tan placentera? D i l o:

— (…)

—¡D i l o!

(…) …soñar es tan hermoso y rompe todo, es tuyo, es lo que quieres y puedes disfrutar sin miedo a nadie a la nada o a todos.

Ahora la niebla diluye los encuadres, las mentes y las voces están al mismo tiempo y al mismo tiempo no están en ningún lugar.

—¡y allí se diluyen en la niebla y el caos!

—Qué delicia.

Ahora patetizan largamente los que apenas distinguen un día de otro, y se culpan entre sí como los culpables de un delito que se encuentran reos inocentes en su propia prisión. Se lamentan con caras inexpresivas y muertes lentas, prolongadas en siglos escondidos en segundos ansiosos por liberar el poder que tienen cada uno de ellos, y que se libera en esos instantes en que el cerebro dormido les permite estar despiertos realmente y ser los amos absolutos, aunque, al despertar sea más conveniente sentenciarlos a la muerte del olvido, mientras viven sus agónicas muertes disfrazadas de rutina.

Despertar. Las risas, las caras que ves y te dan alegría, la satisfacción de que todos están bien, de que estás bien. El miedo, el dulce miedo como miel en la boca, escurriendo y manchando todo, con una ansiedad, ideas que no se van, y se pegan hasta que, inconscientemente, en los sueños, ceden el control: disfrutan cada noche, en relajación total de todo su ser y sentidos. Libres las neuronas, las hormonas, las conciencias. Fluyen y se gozan en cada célula que goza de la realidad, pero… la luz hace una grieta y un sonido viene de lejos irrumpiendo, reclamando algo que no le pertenece. Despertar.

La realidad colapsa en sí misma al abrir los ojos. Vuelve a cerrarlos, pero ya es tarde.

—¿Tuviste una pesadilla, amor?

—Fue algo muy bueno, pero no lo tengo claro.

—Me ocultas algo.

<<No tengo tiempo para problemas>>.

Es mejor despertar, ducharse, desayunar, si da tiempo… La ducha fría termina de anegar cualquier recuerdo. Despiertan. <<Ojalá pudiera recordarlo>>.

La fila es interminable, una persona por cada cajita con ruedas, omnipotente con su bocina inútil.

<<Al menos no voy en colectivo, pero quisiera no haber despertado, ¿qué era lo que soñaba?>>.

Dos horas después y un café caro permite no dormirse en el trabajo, porque hay que trabajar, y hablar de algo, aunque sea de los demás, porque no se vayan a enojar. Es mejor no polemizar.

La noche llega, con la noche el regreso a casa y la televisión, con cinco plataformas y doscientos canales no consiguen ponerse de acuerdo sobre lo que debería estar pensando.

—Se me durmió el cerebro. Eso es extraño.

—¿Qué?

—En el trabajo, en una reunión, me fui, y me di cuenta de que todos me miraban, y no sabía de lo que estaban hablando.

—Eso no está bien. Hay pastillas para dormir.

—No me gustan, no me dejan soñar.

—Hay que trabajar.

—Sí, tienes razón.

<<Y, ¿quién sueña a colores? No, no tiene razón, pero mejor no seguirle… ¿qué era lo que estaba soñando?>>

Ciclos.

Renovándose.

Conectados.

Acaso están en el anterior o en el siguiente, pero seguro no están en el presente. El mayor robo ocurrió y sigue ocurriendo, antinatural, sistémico.

<<¿Por qué estamos dormidos (o sedados)?>>

—Duerme, quiero verte allá.

La casa de la abuela, con su fogón encendido y las velas de cebo, que ágilmente esquivaban los peces. En su lugar, estoico, fuerte sólido y viéndola con esos ojos profundos el bisabuelo que le abrió la silla con una mano y esas sillas sí pesaban no como las de ahora que no sirven para nada. le pidió que le jalara el matamoscas porque la iguana estaba comiendo fruta y el sapo se había ido a trabajar pero le dijo que iba a ver por qué la nena no venía a comer y la vio corriendo detrás de los peces con una red y solo capturaba a dos de los tres gatos

continuó caminando en el pasillo y la televisión estaba encendida con voces que no entendía y nadie miraba solo la pequeña televisión haciéndose más pequeña hasta que se redujo a catorce pulgadas y perdió el color como antes y su bisabuelo ahora le pedía que pusiera el cinco y se vio de cinco años levantándose para cambiar con esa perilla dura

su hija ahora estaba construyendo un castillo con algodón de azúcar y separaba los palitos del algodón para hacer las torres y los puentes y por primera vez estaba feliz y no le importaba que ahora una iguana le estuviera comiendo a mordíditas los dedos de los pies, porque el agua estaba fría y hacía calor y el blahggha blafuga bllahh gua del televisor causaba que su bisabuelo se riera como un niño ahora solo porque su yo de cinco años se había convertido en el tío Alberto y qué alegría era verlo tan sano no como lo encontraron en el río por meterse con una mujer casada él se rio de otro y el río se lo llevó para siempre, pero ahora estaban allí viendo a algún comediante que parecía Cantinflas o Resortes pero podía ser Tin Tan por la forma de bailar

<<¿Quién es mi hija? No tengo una hija>>

sin tiempo para reaccionar, la vio correr por el pasillo y no paraba, aunque intentaba llamarla, no terminaba de llegar a una luz que se hacía pequeñita y su voz no zalía, solo un zzzz sordo y largo y se cansó y paró

una voz le dijo su nombre que sonaba a ajeno y vio a un maestro de música, a su maestro de música que se había cansado del monótono tlac tlac de su teclado y decidió darle una nota a cada tecla y no se limitó a las pocas que se le imponían sino que al escribir la más monótona carta creaba la armonía más perfecta vio la sala de la casa de la abuela ahora inmensa como un salón pero más alta y cubierta en el piso con una fina capa de agua que ahora era tibia… y le dijo que no era necesario grabar, porque había mucho por escribir y nuevas piezas saldrían de aquella máquina Royal que ahora emitía la música porque la computadora no le gustaba al maestro de música

y por eso estaba en la playa, en el mar y el mar la acariciaba y un pescador mecía su barquito se mecía en las aguas y el sol seguía curtiendo su piel sus manos y pies brillaban y nada faltaría

tenía hambre y le preguntó cómo volver, y le dijo que le preguntara a la mujer que vendía serpientes enroscadas y la encontró regañando a sus hijos porque saltaban sobre los techos de las casas

cuando regresó ya estaban todos sentados, y sabía quiénes eran aunque los rostros se hubieran borrado en su memoria, y la mesa cada vez que reconocía una voz era más larga hasta que no pudo ver a nadie más <<hubiera traído mis lentes, se lamentó>> —vos no te preocupés— le dijo un primo que no miraba hace muchos años mirá qué bonitos los manteles manteles de flores y la mesa que crecía hasta que no cabía en la casa entonces la casa era más grande y todos estaban juntos porque todos vivían en la misma casa y cada uno en su habitación y en su habitación comenzó a cerrar los ojos pero se hundió y no dejaba de caer hasta que un sonido, como en la mañana se comenzó a colar. Cerró los ojos con fuerza, no quería irse, pero el monótono sonido insistía y se terminó. Al volver la mesa era larga, pero no tanto y nadie tenía rostro. Quien ocupaba el lugar de su bisabuelo se levantó y una ventana abrió todo el comedor. Al salir del encandilamiento estaba en su cama y trató de volver nuevamente, pero la casa de la abuela estaba siendo consumida por una luz rojiza.

—Es tarde.

Cerró los ojos con todas sus fuerzas, hizo todo lo que pudo, pero, como siempre, ya había desaparecido todo. Solo estaba su habitación, su casa, su vida.

—Es tarde.

<<No lo es>>

Ese pensamiento estuvo en todo momento aquel día, y sin concentrarse en nada “importante”, y nadie podría asegurar de que se hubiera dado cuenta que estaba recibiendo una amonestación.

—No es tarde.

—¿Esta es tu respuesta?

Solo caminó.

—¿Escuchaste siquiera lo que te he dicho? ¡No puedes irte!

—No es tarde aún.

Se vio en la puerta, y una sombra se concretó en su bisabuelo, en la ventana abierta y solo atravesó el portal, dejando el peso cuando extendía a la sombra un brazo al vacío.

No hay comentarios:

No es tarde

 Al caminar por el extraño hotel no podía dejar de pensar en lo extraño del hecho de que alquilaran habitaciones en un caserón viejo que era...